El viaje a la tierra prometida podía tardar más de un día y a lo largo del viaje se hacían amistades y se sufrían las consecuencias de un servicio incómodo
09.05.10 - J. J. PÉREZ
ideal.es
Se estima que casi 850.000 andaluces vívían en Cataluña a
principio de los años 80, es un dato clásico a la hora de hablar de la
emigración. La mayoría emigraron durante la segunda mitad del siglo XX.
El tren se convirtió en el vehículo que los trasladó hasta Cataluña.
Muchas veces viajaron con el único equipaje de la ilusión por una vida
mejor. Muchos vendieron lo poco que tenían para empezar una nueva vida. A
otros los esperaban en el anden familiares que ya habían prosperado. Es
el caso de José Cano, un joven natural de la localidad malagueña de
Almargen.
Faltaban pocos minutos para que el reloj del andén de la
estación de Bobadilla marcase las dos de la tarde, cuenta José, que
tiene grabado en su memoria el momento de su partida. Un grupo de
familiares y amigos se despedían de él. Eran momentos de impaciencia y
de intranquilidad. La ilusión por iniciar una vida más próspera se
confundía con el miedo a abrir una nueva etapa en su vida.
Los bultos -maletas, equipajes en cajas de cartón atadas
con cuerdas...- se amontonaban junto a la escalerilla del vagón.
Aquellas maletas de madera, o en su versión más económica de cartón, se
convirtieron en el icono de la emigración durante la segunda mitad del
siglo XX. «Pesaban como una condena», dice José. Aquellas maletas
viajaban sobre las cabezas de los pasajeros en los andenes. Los más
impacientes acercaban por las ventanillas el equipaje a sus familiares.
En cada estación de sur a norte de la península se repetía la escena.
Como anticipo de aquella cita con la prosperidad, José
llevaba en su bolsillo 2.000 pesetas que le había procurado su hermano.
Aquella cantidad de dinero le permitiría dar sus primeros pasos en
Barcelona antes de que encontrase un trabajo. En el bolsillo y junto a
ellas José llevaba su pasaporte a la novísima tierra de Jauja, un
billete de tren. 50 años después José no recuerda su precio, fue otra
ayuda de su hermano y el importe del viaje no quedó grabado en su
memoria.
El tren comenzó su marcha, era como un gran reptil recién
alimentado que le costase ponerse en movimiento. Con pereza el
ferrocarril comenzó a deslizarse sobre la tierra, su lento movimiento le
permitía a José despedirse de los suyos.
Aquel tren recibía distintos nombres según el lugar al
que apuntase la locomotora. Cuando salía de Andalucía y tras reunir los
vagones procedentes de distintas procedencias se terminaba llamando 'El
Sevillano', también fue 'El Malagueño' o 'El Granadino'. Cuando el tren
miraba desde Cataluña a Andalucía en el viaje de regreso se conocía
popularmente como 'El Catalán'. En realidad, nos aclaran desde Centro de
Estudios Históricos del Ferrocarril Español no fue un único tren y el
servicio sufrió numerosas modificaciones a lo largo de los años.
Aquel 24 de enero de 1958 José tenía 27 años, dejaba
atrás toda su vida y una novia con la que llevaba 8 años de relaciones.
Aquel tren andaba tan lento que si las promesa de una vida mejor no
hubiese sido más fuerte que las dudas, José hubiese podido volver a
saltar sobre el andén y olvidarse de aquel viaje a Barcelona.
La familia de José, que vivía en un cortijo, había
preparado el viaje con antelación y preparó todo tipo de viandas. El
equipaje era comida, las 2.000 pesetas del hermano y muy poca ropa,
según recuerda. Los vagones olían a una mezcla de comida y a grasa del
tren. Algunos pasajeros hacían el viaje sin asiento. Los más afortunados
contaban con un banco corrido de madera que los más prevenidos
ablandaban con un cojín o una almohada.
José no llegaría a Barcelona hasta las 9 de la noche del
25 de enero, un día y medio después. Habría tiempo de tejer sueños y
temores a través de las conversaciones sobre las maravillas de su lugar
de destino, de los éxitos de parientes más o menos cercanos que
iniciaron la aventura años antes. Aquellos trenes fueron el nacimiento
de muchas amistades, muchas de ellas tan efímeras como el propio viaje.
Terra ignota
Eran auténticos descubridores de un nuevo mundo.
Barcelona era prácticamente una tierra desconocida, en la que muchas
personas hablaban distinto y en la que la fama de tacaños perseguía a
sus pobladores. Poco más se sabía de Barcelona y los catalanes. No
obstante había un bálsamo para toda duda sobre el lugar al que se iba,
dice José: «Barcelona es bona, si la bolsa sona». Era la conclusión
final de toda conversación sobre lo mucho que se iba a ganar.
José viajaba tranquilo, pero no era el caso de algunos
compañeros de vagón. José iba a ser recibido por un familiar en el andén
de la Estación de Francia. A otros la proximidad a la estación se iba
convirtiendo en angustia. Muchos de los ocupantes de aquellos trenes
terminaban en manos de la Policía. Más de un día de viaje podía terminar
en el Pabellón de las Misiones de Montjuic a la espera de que hubiese
un contingente suficiente para llenar un tren de vuelta a casa.
Deportados
La razón de aquel retorno obligado fue la propia ley
española. Una circular del Gobernador Civil de 1952 y una ordenanza
municipal de 1956 obligaba a los recién llegados a demostrar una
residencia y un trabajo. Aquellos que no podían justificarlo eran
primero retenidos en el Pabellón de las Misiones de Montjuic y
finalmente mandados de vuelta a su tierra. Entre 1950 y 1955 se estima
que Barcelona deportó a más de 15.000 emigrantes en su propio país.
Las razones de esta norma que limitaba la movilidad
podían ser variadas. El autor del libro 'El Ideal de Blas Infante en
Cataluña', Paco García Duarte, apunta a un intento de impedir la sangría
de mano de obra barata por parte de los terratenientes del sur de la
península. Otras razones podían ser la de evitar el hacinamiento y los
barrios de aluvión en las ciudades de destino.
El primer capítulo de esta obra recoge una circular del
gobernador civil de Barcelona, Felipe Acedo Colunga, publicada el 6 de
Octubre de 1952 en el Boletín Oficial de la Provincia de Barcelona y en
la que se dan instrucciones para que «por los señores Alcaldes, Jefe
superior de Policía de la provincia, Comandantes de puesto de la Guardia
Civil y Comisarías locales existentes se impedirá en lo sucesivo la
entrada y subsiguiente permanencia en sus respectivos términos
municipales de aquellas personas que por no tener domicilio tuvieren que
recurrir a la vivienda no autorizada -eufemismo utilizado para
referirse a las barracas, apunta García Duarte- debiéndolos remitir a
este Gobierno civil para su evacuación por el Servicio que se encuentra a
este efecto establecido».
García Duarte recoge en un capítulo de su obra el
testimonio de una bastetana, Quiteria Ruiz Martínez, que vivió esta
experiencia en el año 1955. Su marido se encontraba en Callús
(Barcelona) trabajando sin contrato. En la estación trató de recogerla
un hermano de su marido, pero el parecido físico no fue suficiente,
«aunque mi cuñado se parecía a mi marido, al pedirme el libro de familia
se dieron cuenta que no era él y me llevaron a comisaría. Desde allí,
cuando juntaron un grupo de gente, ya por la noche, nos llevaron a
Montjuic», señala el testimonio recogido por García Duarte.
Quiteria y su marido fueron mandados de vuelta a su casa,
sin embargo, perseveraron en el intento y, en este caso, a la segunda
fue la vencida. Desde la estación de Chinchilla y una vez que les habían
devuelto sus documentos, emprendieron nuevamente el regreso, cambiando
la ruta y empleando 8 días en el trayecto.
Para evitar experiencias como la de Quiteria muchos se
bajaban en estaciones cercanas a Barcelona y completaban el viaje a pie.
Otros se tiraban del tren en marcha cuando se anunciaba su llegada a la
estación. Según García Duarte, algunos maquinistas conocedores del tema
aminoraban la marcha cuando se aproximaban a los puntos habituales.
Malas condiciones
La lejanía en el tiempo hace que se miren aquellos largos
viajes con una sonrisa. Antonio Morante es natural de Guadahortuna y en
1964 emigró a Barcelona donde conoció a su mujer, Isabel. Juntos
hicieron el camino de regreso al pueblo en más de una ocasión, en las
esperadas vacaciones anuales, aunque pasaron seis años para el viaje de
vuelta.
Manuel recuerda el precio de aquel billete que lo llevó
hasta Barcelona por primera vez. «Eran 500 pesetas, lo que entonces eran
casi 20 días de trabajo de un hombre en el campo», comenta. Tomó aquel
tren en la estación de Alamedilla y recuerda haber visto como algunos
pasajeros acercaban su equipaje en burros hasta la estación.
«Las condiciones eran horribles, el tren olía a comida,
la piel se cubría de sudor negro y al baño no se podía entrar», dice
Isabel. Se echan las manos a la cabeza cuando recuerdan aquellos viajes,
«cuando la carbonilla se te metía en los ojos y echabas lágrimas
negras», dice ella.
Manuel asegura que en alguna ocasión se encontraban
pasajeros escondidos que no habían podido pagar el billete. «Eran los
menos», dice, sin embargo, recuerda haber encontrado a un hombre
escondido en el compartimento de las maletas. Los polizones pedían no
ser delatados y se escondían entre el equipaje.
Isabel, nacida en Murcia y criada en Valencia, recuerda
que la marcha del tren era tan lenta que a veces permitía a los viajeros
saltar a coger naranjas y volver a subir al tren. Evidentemente era a
la altura de la provincia de Valencia.
Mejores tiempos corrieron para Manuel Triviño. Diciembre
de 1970 aprobó el ingreso en Telefónica. Tras tres meses de cursillo en
Sevilla fue destinado a Cataluña y su primer viaje lo hizo en un tren
desde la estación de Huéneja. «Aquello era como irse al extranjero»,
dice Manuel. Los viajes entre Andalucía y Cataluña no eran habituales. A
veces se tardaba más de un año en volver. El vecino se convertía casi
en mensajero. «Siempre venía bien ese paquete, era un mandao que se
hacía con gusto por aquello del hoy por mi y mañana por ti».
Cuando la familia crecía también lo hacía el precio del
billete de vuelta. «Había gente que venía de año en año y ya era mucho»,
dice Manolo. Había que pagar el billete de todos los miembros de la
familia y aunque había descuentos para familias y para los menores, lo
cierto es que los viajes de vacaciones se hacían un poco cuesta arriba
para la economía familiar, asegura Triviño. El principal objetivo de
muchos de aquellos emigrantes era el de ahorrar.
Pero aunque los tiempos de Manuel fueron mucho mejores
para viajar en tren, en su memoria se guarda algún viaje casi mítico.
Cuando nació su hijo en el año 1978 viajó hasta Sevilla con el recién
nacido para que lo conociese el bisabuelo de la criatura. Aquel viaje
casi improvisado lo hizo «con el cochecito del niño sobre la plataforma
del tren y no me arrepiento, hice muy bien en ir porque dos meses
después falleció mi abuelo».
Regresos
Los tiempos cambian que son una barbaridad. La mayoría de
los usuarios de aquellos trenes soñaron con un coche que les permitiese
volver a casa con más comodidad y, sobre todo, más frecuentemente. José
Cano se compró un 600, no menos mítico que aquellos trenes y que en
aquellos tiempos llegó a retar a un no menos mítico «Tiburón» en un
viaje de regreso. Hoy prefiere el AVE para llegar a Madrid o Sevilla
donde se encuentra parte de su familia.
Manuel Triviño, con destinos divididos entre Sevilla y
Huéneja, también es usuario del AVE. «Si compras el billete con tiempo
te puede salir muy ventajoso», dice. Aunque la principal virtud de este
tren es el tiempo que invierte para para cubrir el trayecto entre
Barcelona y Sevilla.
El avión es otra alternativa para los nuevos viajeros.
Los precios de los vuelos pueden variar entre los 35 y 200 euros
dependiendo de la antelación con la que se compren los billetes y del
horario. Desde Granada parten al menos dos vuelos diarios de la
compañías Vueling y, para asombro de aquellos viajeros, el viaje sólo
dura una hora y cuerto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario