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lunes, 14 de octubre de 2013

Independencia y ficción



Jordi Soler 13 OCT 2013 elpais.com
 
A mi madre la echaron de España por ser hija de un rojo. Su padre era un republicano catalán que perdió la guerra y tuvo que irse al exilio, primero a Francia, donde cayó prisionero en el campo de concentración de Argelès sur Mer, y luego a México, el país que le ofreció la oportunidad de rehacer su vida. Años después mi madre y mi abuela dejaron para siempre Barcelona, habían quedado señaladas por el comunismo del abuelo y no les quedó más remedio que compartir su aventura mexicana, en un pueblaco selvático de Veracruz donde, veintitrés años más tarde, nací yo.
A pesar de que ha vivido la mayor parte de su vida en México, mi madre tiene una fuerte identidad catalana, que nos transmitió a sus hijos. ¿Qué es la identidad?: ¿la lengua?, ¿las costumbres?, ¿las cosas en común?, ¿el metro cuadrado donde uno nació? Me temo que la identidad no es más que eso que uno cree que es.
Durante mi juventud suscribí, en México, todos los tics del catalán de ultramar. Leía vorazmente a Pere Calders y a Josep Pla, comía conejo los sábados en el Orfeó Catalá, recitaba de memoria las alineaciones del Barça de las últimas diez temporadas y el mensaje que saludaba en el contestador telefónico de casa estaba en catalán. Además, y en esto he pensado mucho últimamente, llevaba en el coche una gran pegatina con la bandera independentista catalana y desde luego defendía, cada vez que el tema se terciaba, el derecho de Cataluña a ser un país independiente.
Pero esto pasaba en México, hace muchos años, y es verdad que ser independentista catalán en ultramar, no es exactamente lo mismo que serlo aquí, en Barcelona, la ciudad de la que mi familia fue expulsada y en la que vivo yo desde hace más de una década, siguiendo un oscuro patrón mental que seguramente le hubiera interesado al doctor Lacan. Ser independentista en un lado y en otro no es exactamente lo mismo, como digo, pero ambas experiencias comparten, de manera muy clara, un territorio común.

Hay discursos del President que están a un paso de la verbosidad mística de Hugo Chávez
Hace unos días, al final del verano, estuvo mi madre aquí, en su ciudad, mirando con asombro la cadena humana y las banderas independentistas que cuelgan de las ventanas. La víspera de su regreso a México apareció, en el restaurante donde habíamos quedado para comer, con una estentórea camiseta independentista, una camiseta como la que probablemente me hubiera puesto yo, si siguiera viviendo en México y fuera todavía un catalán de ultramar e ignorara todo lo que he ido viendo y experimentando aquí durante estos años. Le expliqué todo esto a mi madre y concluí diciendo que lo que yo era en realidad en México era un independentista de ficción. Con esto quería decir que, aunque el deseo de independencia que experimentaba era verdadero, palpitaba y estaba vivo, no tenía relación con la realidad, sucedía en otro plano, en otra frecuencia; precisamente en el territorio de la ficción. Y al decir esto caí en la cuenta de que aquí, en Cataluña, la gesta independentista se da exactamente en el mismo plano, en el de la ficción, porque si se fundamentara en la realidad el proyecto no podría tenerse en pie, se caería como la bicicleta de Fidel Castro, a la que llegaré más adelante.
Pero aquí no estoy contando la historia de un independentista que se ha desencantado al ver de cerca los rudos mecanismos del proceso, sino la de un catalán de ultramar que durante más de una década de darle vueltas al asunto no ha encontrado una sola razón por la que Cataluña deba separarse de España o, para ser más preciso: los únicos datos razonables disponibles indican, con mucha transparencia, que los catalanes fuera de España perderíamos mucho de lo que tenemos ahora.
Los argumentos independentistas no resisten el razonamiento, están basados en la ilusión y en el sentimentalismo, en la creencia y en la fe, esos dos elementos que sirven para echar a andar una guerra santa pero no para fundar un país. Cada elemento que nos presentan como una razón para la independencia, comenzando por la piedra angular del proyecto que es esa cansina muletilla de "España nos roba", termina siendo una pieza de ficción, que no se corresponde con la realidad y sin embargo se insiste, se escriben artículos, se montan debates, en los medios afines al proyecto, para insistir en que esa pieza de ficción es una razón sólida para la independencia. Cada palo que la cruda realidad pega al proceso independentista, es respondido con una potente carga de ficción diseminada por políticos, locutores y tertulianos, que busca anular, o siquiera disimular, el palo. Cuando la Unión Europea dijo, de manera oficial, con todas sus letras y sin margen para otras interpretaciones, que Cataluña fuera de España quedaría automáticamente fuera de Europa, gobernantes y tertulianos salieron en tromba a matizar esa información. ¿Y cómo puede matizarse semejante pedazo de realidad?
El blindaje frente a la realidad que tiene la ficción independentista me recuerda aquella idea de Fidel Castro: la revolución es como una bicicleta, si se deja de pedalear, se cae. Ahora sustituya usted "la revolución" con "el proceso independentista".

El proyecto de separación empieza a apelar a la credulidad de los ciudadanos
La ficción es tan potente que cuando se informa de que los únicos países que respaldan la independencia catalana son Estonia y Lituania, políticos, locutores y tertulianos salen en bloque a festejar el espaldarazo recibido, lo presentan como el primer brote de un apoyo masivo por venir, y no como el respaldo pírrico que en realidad es; dicho esto con todo respeto para esos dos países.
La ficción es tan poderosa que cuando el president suelta aquello de I have a dream, para aupar la fiesta multitudinaria de la Diada, a nadie le escandaliza ni el disparatado autoparalelismo con Luther King, ni que la línea potente del discurso apele a un sueño, como en otras ocasiones apela a la ilusión, a la esperanza, a conceptos exclusivamente sentimentales. Esta instrumentalización política de la cursilería no tiene nada que ver con las razones sólidas, serias, que se necesitan para montar un nuevo país, pero es el único elemento con el que cuentan los políticos independentistas catalanes para convencer a la ciudadanía, y cuando los únicos elementos son estos, la ilusión, la esperanza, el sueño, el proyecto empieza a apelar a la fe, a la creencia, a la credulidad de los ciudadanos.
Quizá sea porque nací en Veracruz y me conozco de memoria el discurso político latinoamericano, pero aquí he oído discursos, del president y sus subalternos, que están a un paso, a un milímetro, de la verbosidad mística del comandante Hugo Chávez. ¿Es esta la élite que va a llevarnos hacia la independencia? Si quitamos la mística al proyecto independentista, y nos atenemos a los datos que la realidad nos ofrece, si despojamos al proyecto de toda su ficción, tenemos que una Cataluña independiente sería menos próspera, quedaría aislada de Europa y tendría menos peso político, económico y cultural del que tiene ahora como parte de España. Los políticos tendrán sus motivos para sostener esta ficción, pero ¿nosotros? Usted que no es ni político, ni locutor, ni tertuliano, que quiere el mejor de los mundos posibles para sus hijos, ¿va a creerse eso de la ilusión y del I have a dream, cuando la pura y dura realidad indica precisamente lo contrario? Me parece que este proyecto independentista, brumoso, acomodaticio, lleno de remiendos y componendas, es poco respetuoso con los catalanes y con los españoles, los ciudadanos de este país merecemos un futuro más decente.
La ficción es la materia con la que trabajamos los novelistas, nuestro oficio es inventar historias; quisiera aprovechar las últimas líneas de esta reflexión para pedir a los políticos independentistas que dejen de invadir nuestro espacio de trabajo y que regresen, cuanto antes, y por el bien de todos, a la realidad.
Jordi Soler es escritor.
@jsolerescritor

martes, 4 de junio de 2013

LA CUARTA PÁGINA: Economía moral del nacionalismo

El axioma básico de los nacionalistas es: “Hay conciudadanos que no son iguales a nosotros”. Sus propuestas no aspiran a ser aceptables en un marco democrático, ni por su contenido ni por sus principios
 



A veces hablamos como hablamos, y eso nos lleva a simplificar las expresiones”. De este modo quiso justificar Francesc Homs, portavoz de la Generalitat, una falsedad repetida durante meses por los nacionalistas: que el Tribunal Constitucional alemán había establecido un límite fiscal del 4% al déficit de los länder. Como si se tratara de un despiste circunstancial sobre un asunto opinable y no de una consigna de meses sobre números y sentencias. No es la única vez que descubrimos que la economía del nacionalismo se sostiene en mentiras sin escapatorias. También sucedió con otro mantra, este de menor tráfico y con más esquinas: el Principio de Ordinalidad, según el cual es consustancial a los Estados federales que las transferencias de nivelación no alteren el orden de las federaciones por recursos tributarios per capita o por habitante ajustado.
No eran calentones de tertuliano borrachín, sino tesis precisas puestas en circulación a sabiendas de su falsedad y que, sin molestarse en sopesarlas, un día sí y otro también repetían con fervoroso convencimiento periodistas propicios y académicos rebosantes de ardor patriótico espontáneo o engrasado. De esas que, en condiciones normales de cultura democrática, conducen a dimisiones, rectificaciones y ostracismo profesional.
Pero la economía moral del nacionalismo es discutible no solo por los procedimientos sino también por sus fundamentos. Recordemos lo básico: las fronteras de los Estados democráticos enmarcan perímetros de justicia y democracia. Podemos exigirnos el compromiso con las decisiones y, si lo hemos acordado, imponernos redistribuciones. En esa superposición entre justicia y democracia se sostiene el germen igualitario que asociamos al ideal ciudadano. De fronteras afuera solo caben acuerdos que respondan a la capacidad de negociación y a beneficios de trato. No redistribuimos con los alemanes ni decidimos con los suizos. Ni siquiera se nos ocurre reprocharles que ignoren nuestros intereses o sus evasiones fiscales. Ni la justicia ni la democracia entran en consideración.
La economía moral del nacionalismo desprecia esta trama democrática. Su axioma básico es: “Hay conciudadanos que no son iguales a nosotros”. Para confirmarlo, basta con examinar el trasunto normativo de su obsesión por las balanzas fiscales y los lemas en que cristaliza. El primero, “España no nos sale a cuenta”, solo se entiende desde la desconsideración de los “no nacionales”. Hay unos que sí importan y otros que no. Por eso el cálculo no se contempla entre catalanes, no se pregunta, por ejemplo, si a Barcelona le conviene compartir comunidad política con la pobre comarca de la Anoia. Si diéramos por bueno el trasfondo moral del lema, lo debido sería hacer una lista de ciudadanos “desechables”; para empezar, niños, descapacitados y ancianos. Si hacemos unas preguntas y otras no, si “entre nosotros” no se piden las balanzas es porque a los otros no se les considera nuestros iguales.
“España no nos sale a cuenta”sólo se entiende desde la desconsideración a los “no nacionales”


El segundo lema, “los catalanes pagamos demasiado al Estado”, asume que los impuestos que yo pago son de Cataluña. No los pago como ciudadano de un Estado de acuerdo con un marco constitucional que me proporciona derechos y libertades, sino como parte de una impreciso contribuyente fiscal: “los catalanes”. Con las mismas razones mi hermana o mis vecinos podrían apropiarse de mis cuentas para quejarse de lo que pagamos los Ovejero o los del Ensanche. Yo pertenezco a una familia, vivo en un barrio barcelonés y he nacido en Cataluña, pero, desde el punto de vista de mi condición de ciudadano, lo que incluye el entramado jurídico en el que se insertan “mis” impuestos, esas circunstancias tienen tan poca relevancia como mi condición de culé, miope o varón. Los miopes, que compartimos identidad biológica y hasta visión del mundo, borrosa, no somos sujetos fiscales. La igualdad solo se hace inteligible entre ciudadanos, no entre familias, tierras o aficionados deportivos.

El tercer lema es más sutil y merodea un argumento: “Hay que proporcionar un trato privilegiado a Cataluña, motor económico, porque, por goteo, los españoles se beneficiarán”. Los nacionalistas lo invocan como una justificación moral. Y no. Cuando ciertos liberales hacen uso de una idea parecida, sustituyendo “Cataluña” por “los ricos”, su defensa de la desigualdad es prudencial o instrumental, no normativa. No nos dicen que los privilegios estén bien, sino que debemos resignarnos a ellos porque, de ese modo, se consigue lo importante, la mejora de los desfavorecidos. El argumento, al final, se sostiene en la defensa de los ciudadanos en peor situación. A nadie se le ocurre invocar los privilegios como principio de justificación, consagrarlos en constituciones o estatutos (salvo quienes apelan a derechos históricos, pero esos, seamos serios, no razonan moralmente). La desigualdad acaso sea un estímulo para el comercio, como lo pueden ser el sexo y las comilonas, pero a nadie se le ocurre encabezar una constitución con los pecados capitales. Por cierto, también las descargas eléctricas o los latigazos resultan muy estimulantes para evitar acciones terroristas.
El trato diferencial no es un argumento político, público. Nadie en un Parlamento se atrevería a decir sin sonrojo: “Yo solo contribuyo si tengo un trato privilegiado”. Esa es la raíz última del desinterés nacionalista por una Cámara federal. Lo suyo son las negociaciones privadas y en trastienda, esas que están detrás de los distintos modelos de financiación que los nacionalistas propusieron, los demás acataron y, al poco tiempo, sus autores presentaban como tiránicas imposiciones. Sus propuestas no aspiran a ser aceptables en un marco democrático: ni por su contenido, en tanto buscan el trato diferencial, ni por sus principios, en tanto no entienden a los demás —sus intereses— como dignos de consideración, ni siquiera como interlocutores, como parte de su comunidad política.

Con igual legitimidad, los que viven por encima de la Diagonal pueden crear un municipio independiente
El uso del “argumento” por los nacionalistas es particularmente torpe. No ya porque pretendan usar el privilegio como principio de justificación, sino porque, además, lo usan mal. Y es que si lo aceptamos, valdría para las personas, nunca para los territorios. Quienes invierten son los empresarios, no “Cataluña”. Si lo damos por bueno, el argumento lo único que justificaría es el trato favorable para los más adinerados, vivan en Marbella, Madrid o Girona.
Todo ese desorden moral se hace inteligible cuando se asume que los otros no son nuestros iguales. Las balanzas fiscales no son el punto de partida de ningún razonamiento, sino la conclusión del axioma irrenunciable del nacionalismo: unos son los nuestros y a los otros hay que mirarlos como extranjeros. Esa es la elección fundamental de quienes quieren levantar fronteras. En una suerte de xenofobia superlativa, no es que no quieran a los extranjeros como conciudadanos, es que quieren, además, a los conciudadanos como extranjeros. El mismo sostén de quienes invocan el derecho a decidir, a romper la comunidad de ciudadanos. Con la misma legitimidad, los que viven por encima de la Diagonal podrían constituirse en Ayuntamiento independiente. Sin que los demás barceloneses pudiéramos decir esta boca es mía. Y si aceptamos esos principios y ese derecho, resulta irrelevante el hecho, real o imaginario, de que “una mayoría esté de acuerdo”. El “derecho” a decidir por parte de esos barceloneses, su posibilidad, es previo a saber si existe una mayoría. La mayoría es, si acaso, el resultado del ejercicio de ese supuesto derecho, lo que se quiere averiguar. Lo decisivo es que, de entrada, unos han decidido que los de abajo no somos de los suyos ni tenemos vela en nuestro entierro.
Que estas cosas se les pudieran ocurrir a los de encima de la Diagonal sería casi normal. De eso iba la nobleza un 5 de mayo de 1789 en Versalles, de comer aparte. Se opuso el Tercer Estado en la sala del jeu de paume y comenzó la mejor andadura de la moderna democracia. Otra cosa es lo que cabe esperar de quienes dicen defender el ideal de ciudadanía, en especial de la izquierda. Cuando ICV y PSC caminan en compañía de CiU —a estos efectos sus programas son una copia mala del programa de CiU del año anterior—, en esta retórica de la “singularidad” confirman su desbarajuste intelectual. Quien levanta una frontera donde no existía le está diciendo al que queda al otro lado que no lo considera su igual, que no le alcanzan los ideales de libertad, igualdad y fraternidad. Han decidido hacernos extranjeros.

Félix Ovejero es profesor de la Universidad de Barcelona. Acaba de publicar ¿Idiotas o ciudadanos? El 15-M y la teoría de la democracia (Montesinos).