lunes, 14 de octubre de 2013

Independencia y ficción



Jordi Soler 13 OCT 2013 elpais.com
 
A mi madre la echaron de España por ser hija de un rojo. Su padre era un republicano catalán que perdió la guerra y tuvo que irse al exilio, primero a Francia, donde cayó prisionero en el campo de concentración de Argelès sur Mer, y luego a México, el país que le ofreció la oportunidad de rehacer su vida. Años después mi madre y mi abuela dejaron para siempre Barcelona, habían quedado señaladas por el comunismo del abuelo y no les quedó más remedio que compartir su aventura mexicana, en un pueblaco selvático de Veracruz donde, veintitrés años más tarde, nací yo.
A pesar de que ha vivido la mayor parte de su vida en México, mi madre tiene una fuerte identidad catalana, que nos transmitió a sus hijos. ¿Qué es la identidad?: ¿la lengua?, ¿las costumbres?, ¿las cosas en común?, ¿el metro cuadrado donde uno nació? Me temo que la identidad no es más que eso que uno cree que es.
Durante mi juventud suscribí, en México, todos los tics del catalán de ultramar. Leía vorazmente a Pere Calders y a Josep Pla, comía conejo los sábados en el Orfeó Catalá, recitaba de memoria las alineaciones del Barça de las últimas diez temporadas y el mensaje que saludaba en el contestador telefónico de casa estaba en catalán. Además, y en esto he pensado mucho últimamente, llevaba en el coche una gran pegatina con la bandera independentista catalana y desde luego defendía, cada vez que el tema se terciaba, el derecho de Cataluña a ser un país independiente.
Pero esto pasaba en México, hace muchos años, y es verdad que ser independentista catalán en ultramar, no es exactamente lo mismo que serlo aquí, en Barcelona, la ciudad de la que mi familia fue expulsada y en la que vivo yo desde hace más de una década, siguiendo un oscuro patrón mental que seguramente le hubiera interesado al doctor Lacan. Ser independentista en un lado y en otro no es exactamente lo mismo, como digo, pero ambas experiencias comparten, de manera muy clara, un territorio común.

Hay discursos del President que están a un paso de la verbosidad mística de Hugo Chávez
Hace unos días, al final del verano, estuvo mi madre aquí, en su ciudad, mirando con asombro la cadena humana y las banderas independentistas que cuelgan de las ventanas. La víspera de su regreso a México apareció, en el restaurante donde habíamos quedado para comer, con una estentórea camiseta independentista, una camiseta como la que probablemente me hubiera puesto yo, si siguiera viviendo en México y fuera todavía un catalán de ultramar e ignorara todo lo que he ido viendo y experimentando aquí durante estos años. Le expliqué todo esto a mi madre y concluí diciendo que lo que yo era en realidad en México era un independentista de ficción. Con esto quería decir que, aunque el deseo de independencia que experimentaba era verdadero, palpitaba y estaba vivo, no tenía relación con la realidad, sucedía en otro plano, en otra frecuencia; precisamente en el territorio de la ficción. Y al decir esto caí en la cuenta de que aquí, en Cataluña, la gesta independentista se da exactamente en el mismo plano, en el de la ficción, porque si se fundamentara en la realidad el proyecto no podría tenerse en pie, se caería como la bicicleta de Fidel Castro, a la que llegaré más adelante.
Pero aquí no estoy contando la historia de un independentista que se ha desencantado al ver de cerca los rudos mecanismos del proceso, sino la de un catalán de ultramar que durante más de una década de darle vueltas al asunto no ha encontrado una sola razón por la que Cataluña deba separarse de España o, para ser más preciso: los únicos datos razonables disponibles indican, con mucha transparencia, que los catalanes fuera de España perderíamos mucho de lo que tenemos ahora.
Los argumentos independentistas no resisten el razonamiento, están basados en la ilusión y en el sentimentalismo, en la creencia y en la fe, esos dos elementos que sirven para echar a andar una guerra santa pero no para fundar un país. Cada elemento que nos presentan como una razón para la independencia, comenzando por la piedra angular del proyecto que es esa cansina muletilla de "España nos roba", termina siendo una pieza de ficción, que no se corresponde con la realidad y sin embargo se insiste, se escriben artículos, se montan debates, en los medios afines al proyecto, para insistir en que esa pieza de ficción es una razón sólida para la independencia. Cada palo que la cruda realidad pega al proceso independentista, es respondido con una potente carga de ficción diseminada por políticos, locutores y tertulianos, que busca anular, o siquiera disimular, el palo. Cuando la Unión Europea dijo, de manera oficial, con todas sus letras y sin margen para otras interpretaciones, que Cataluña fuera de España quedaría automáticamente fuera de Europa, gobernantes y tertulianos salieron en tromba a matizar esa información. ¿Y cómo puede matizarse semejante pedazo de realidad?
El blindaje frente a la realidad que tiene la ficción independentista me recuerda aquella idea de Fidel Castro: la revolución es como una bicicleta, si se deja de pedalear, se cae. Ahora sustituya usted "la revolución" con "el proceso independentista".

El proyecto de separación empieza a apelar a la credulidad de los ciudadanos
La ficción es tan potente que cuando se informa de que los únicos países que respaldan la independencia catalana son Estonia y Lituania, políticos, locutores y tertulianos salen en bloque a festejar el espaldarazo recibido, lo presentan como el primer brote de un apoyo masivo por venir, y no como el respaldo pírrico que en realidad es; dicho esto con todo respeto para esos dos países.
La ficción es tan poderosa que cuando el president suelta aquello de I have a dream, para aupar la fiesta multitudinaria de la Diada, a nadie le escandaliza ni el disparatado autoparalelismo con Luther King, ni que la línea potente del discurso apele a un sueño, como en otras ocasiones apela a la ilusión, a la esperanza, a conceptos exclusivamente sentimentales. Esta instrumentalización política de la cursilería no tiene nada que ver con las razones sólidas, serias, que se necesitan para montar un nuevo país, pero es el único elemento con el que cuentan los políticos independentistas catalanes para convencer a la ciudadanía, y cuando los únicos elementos son estos, la ilusión, la esperanza, el sueño, el proyecto empieza a apelar a la fe, a la creencia, a la credulidad de los ciudadanos.
Quizá sea porque nací en Veracruz y me conozco de memoria el discurso político latinoamericano, pero aquí he oído discursos, del president y sus subalternos, que están a un paso, a un milímetro, de la verbosidad mística del comandante Hugo Chávez. ¿Es esta la élite que va a llevarnos hacia la independencia? Si quitamos la mística al proyecto independentista, y nos atenemos a los datos que la realidad nos ofrece, si despojamos al proyecto de toda su ficción, tenemos que una Cataluña independiente sería menos próspera, quedaría aislada de Europa y tendría menos peso político, económico y cultural del que tiene ahora como parte de España. Los políticos tendrán sus motivos para sostener esta ficción, pero ¿nosotros? Usted que no es ni político, ni locutor, ni tertuliano, que quiere el mejor de los mundos posibles para sus hijos, ¿va a creerse eso de la ilusión y del I have a dream, cuando la pura y dura realidad indica precisamente lo contrario? Me parece que este proyecto independentista, brumoso, acomodaticio, lleno de remiendos y componendas, es poco respetuoso con los catalanes y con los españoles, los ciudadanos de este país merecemos un futuro más decente.
La ficción es la materia con la que trabajamos los novelistas, nuestro oficio es inventar historias; quisiera aprovechar las últimas líneas de esta reflexión para pedir a los políticos independentistas que dejen de invadir nuestro espacio de trabajo y que regresen, cuanto antes, y por el bien de todos, a la realidad.
Jordi Soler es escritor.
@jsolerescritor

domingo, 15 de septiembre de 2013

Vargas Llosa: "Es terrible que el nacionalismo vuelva a sacar la cabeza"

El premio Nobel anima a "combatir con enorme energía" esta ideología

 


09/11/2013
periodistadigital.com

El escritor Mario Vargas Llosa ha combatido "siempre" el nacionalismo, una ideología que ha causado "millones y millones de víctimas" a lo largo de la historia, y por eso ha calificado hoy de "terrible" que en el mundo actual "el nacionalismo vuelva a sacar la cabeza".
El escritor se refirió a esta ideología al presentar este 11 de septiembre de 2013 en la madrileña Casa de América su nueva novela, 'El héroe discreto', en una rueda de prensa multitudinaria y en la que la mayoría de las preguntas se centraron en este libro con el que el autor reivindica la necesidad de tener principios y valores y de defenderlos, cueste lo que cueste.
Pero hoy es el Día de Cataluña y hubo alguna pregunta relacionada con la Diada y con la ideología nacionalista de una parte significativa de los catalanes.
Vargas Llosa contó con excelente humor que su editora, Pilar Reyes, y su mujer, Patricia Llosa, presentes ambas en el acto, le habían "prohibido" hablar de otra cosa que no fuera del libro. "Hoy toca literatura", le habían dicho.
Como a su mujer le tiene "mucho cariño pero también mucho miedo", Vargas Llosa trató de dar "una respuesta literaria" a la pregunta de los nacionalismos. El escritor cree que el mundo vive "una situación fascinante, que es la de la globalización", con "el lento desvanecimiento de las fronteras, la integración de distintas culturas, tradiciones y religiones".
Pero la globalización provoca "reacciones negativas", que tienen que ver con un fenómeno que describió "maravillosamente" el filósofo Karl Popper, que es el del "llamado de la tribu".
Una historia que se repite
"Salir de la tribu es el comienzo del progreso, de la civilización". El individuo que se aparta de la tribu "adquiere independencia, soberanía" y, gracias a eso, se favorece "la democracia, los derechos humanos", opinó Vargas Llosa, Premio Nobel de Literatura.
Pero "el llamado de la tribu nunca desaparece" y, en ciertas circunstancias difíciles, "es muy fuerte".
El nacionalismo "es el regreso a la tribu del que hablaba Karl Popper, esa abdicación de la responsabilidad, de la obligación de tener que vivir uno su propia vida y decidir en función de sus propias convicciones", agregó el autor de 'La fiesta del Chivo'.
Por eso, este gran novelista considera "terrible" que en un mundo civilizado como el del último siglo, "y a veces en lugares tan avanzados y de tanto progreso, el nacionalismo vuelva a sacar la cabeza".
"Ocurrió en Alemania, uno de los países más civilizados del mundo, y ha ocurrido en buena parte de la historia de Japón, otro de los países más civilizados", señaló.
El nacionalismo "es una carga de la que es muy difícil librarse", pero que hay que "combatir con enorme energía" si se quiere que haya civilización, concluyó el escritor.

Democracia y derecho a decidir

Javier Cercas
Palos de ciego
13/09/2013 
elpais.com



Es posible que en los últimos tiempos estemos viviendo en Cataluña una suerte de totalitarismo soft; o, por usar de nuevo el término de Pierre Vilar, una suerte de “unanimismo”: la ilusión de unanimidad creada por el temor a expresar la disidencia. El instrumento de esta concordia ficticia no es la violencia, sino el llamado derecho a decidir: quien está en favor del derecho a decidir no es sólo un buen catalán, sino también un auténtico demócrata; quien está en contra no es sólo un mal catalán, sino también un antidemócrata. Así las cosas, es natural que, salvo quienes sacan un rédito de ello, en Cataluña casi nadie se atreva a dudar en público de un derecho fantasmal que no ha sido argumentado, hasta donde alcanzo, por ningún teórico, ni reconocido en ningún ordenamiento jurídico; también es natural que nadie se resuelva a decir que, aunque parezca lo contrario, no hay nada menos democrático que el derecho a decidir. O, dicho de otro modo: ahora mismo, el verdadero problema en Cataluña no es una hipotética independencia, sino el derecho a decidir.
Me explico. En democracia no existe el derecho a decidir sobre lo que uno quiere, indiscriminadamente. Yo no tengo derecho a decidir si me paro ante un semáforo en rojo o no: tengo que pararme. Yo no tengo derecho a decidir si pago impuestos o no: tengo que pagarlos. ¿Significa esto que en democracia no es posible decidir? No: significa que, aunque decidimos a menudo (en elecciones municipales, autonómicas y estatales), la democracia consiste en decidir dentro de la ley, concepto este que, en democracia, no es una broma, sino la única defensa de los débiles frente a los poderosos y la única garantía de que una minoría no se impondrá a la mayoría. Ahora bien, es evidente que, con la ley actual en la mano, los catalanes no podemos decidir por nuestra cuenta si queremos la independencia, porque la Constitución dice que la soberanía reside en el conjunto del pueblo español (cosa nada rara: salvo la de la extinta Unión Soviética, que yo sepa, ninguna constitución ha reconocido jamás el derecho de que una parte del Estado se separe por su cuenta del resto). ¿Significa esto que los catalanes no tenemos derecho a decidir sobre nuestra independencia? A mi juicio, tampoco: si una mayoría clara e inequívoca de catalanes quiere la independencia, parece más sensato concedérsela que negársela, porque es muy peligroso, y a la larga imposible, obligar a alguien a estar donde no quiere estar. La pregunta se impone: ¿existe esa mayoría? Los partidarios del derecho a decidir sostienen que precisamente para eso, para saber si existe, es indispensable un referéndum (en este asunto, las encuestas no sirven, como comprobamos en las anteriores elecciones); pero, antes de usar ese recurso excepcional e imprevisible, cualquier político honesto y prudente usaría el recurso previsto por la ley: las elecciones. Quiero decir: unas elecciones en las que todos los partidos declaren, clara e inequívocamente, su posición sobre la independencia. En las últimas, los partidos inequívocamente independentistas (ERC más CUP) sumaron 24 diputados de 135: apenas un 17%. ¿Cuántos diputados sumarían los independentistas si en unas futuras elecciones el resto de partidos dijera con claridad si quiere la independencia o no? Eso es lo que deberíamos saber antes de tomar la vía azarosa del referéndum: si hay una mayoría de partidarios de la independencia, habrá que celebrar un referéndum; si no la hay, no.

Es dudoso que vayamos a tener una respuesta a la anterior pregunta, porque CiU sabe que si defiende la independencia en unas elecciones, las perderá (y antes se habrá roto por dentro: aún no sabemos si Convergència es independentista, pero sí sabemos que Unió no lo es), así que seguirá sin decir la verdad a sus electores; en cuanto a la izquierda, todo indica que seguirá atrapada en la telaraña ideológica que le ha tejido CiU –de ahí que acepte el derecho a decidir–, cavando su propia tumba y minando la democracia. No veo otra forma de decirlo: se puede ser demócrata y estar a favor de la independencia, pero no se puede ser demócrata y estar a favor del derecho a decidir, porque el derecho a decidir no es más que una argucia conceptual, un engaño urdido por una minoría para imponer su voluntad a la mayoría.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Inacción con Cataluña .

Jaime Martínez Montero
diariodesevilla.es 

NO hace demasiado tiempo, el Consejo Asesor para la Transición (a la independencia) de Cataluña planteaba, institucionalmente, la declaración unilateral de independencia como una de las alternativas a utilizar si es que otras no funcionaban. Tras ello, el presidente de la Generalitat escribe a Rajoy pidiéndole fecha para acordar cómo y cuándo se celebra el referéndum o consulta sobre la autodeterminación de aquel territorio.

Se puede ser muy indulgente a la hora de juzgar las anteriores iniciativas. Pero hasta el más lerdo se da cuenta del cariz que están tomando las cosas y cómo en aquella tierra disimulan muy poco sus deseos de abandonar España. Mucho me temo que si una amplia mayoría de la población se quiere ir, poco podremos hacer. Pero la decantación de los habitantes de ese territorio por una u otra opción no es algo que caiga del cielo o sea de imposible inevitabilidad. Se puede hacer algo por trabajar la opción de la permanencia, del mismo modo que los independentistas están echando el resto para conseguir sus fines.

Y es que da muchísima tristeza comprobar la inacción del Gobierno ante los acontecimientos catalanes. No se hace nada, no se contrarresta nada, no se contraargumenta nada, no se contesta a nada. La propaganda es unidireccional, y parece que allí sólo hay independentistas. ¿Por qué esta falta de respuesta? ¿Por qué este pasotismo del Gobierno? Es muy difícil de entender, nos refiramos a situaciones de pasado, de presente o de futuro. Empecemos por asuntos del pasado.

Aunque el nacionalista quiere la independencia sin necesidad de grandes razones, ellos esgrimen que una de ellas es el expolio, el "robo", a que les ha sometido España. De vez en cuando dan unos datos o aparecen unos números que, según su versión, demuestran el saqueo efectuado. El instrumento utilizado para llevar a cabo el robo fue el constituido por los Presupuestos Generales del Estado. Por él, de forma prolongada en el tiempo y amplia en las cantidades, se asignaba a Cataluña menos dinero del que aportaba. Digo yo, ¿no debe contestar el Gobierno? ¿No debe aportar datos que sirvan de contraste a lo que los otros muestran? ¿Debe aceptar que el Estado es un ladrón? Desde que hay democracia, CiU ha votado a favor de los Presupuestos Generales del Estado en la mayor parte de los ejercicios. ¿Colaboraba CIU al robo de Cataluña?

Un tema muy de presente es el del referéndum o consulta, que quieren hacerla el año que viene. El tema es muy serio y tiene gravísimas repercusiones. Los nacionalistas presentan la independencia como el remedio de todos los males. Por la otra parte sólo hay silencio. ¿No sería conveniente que, sin alarmismos pero atendiendo a la realidad, se explicara lo que se pierde, el peligro que se corre, el desastre en el que podemos caer? Si los futuros votantes han de estar bien informados, ¿por qué no se les suministra información desde nuestra parte? ¿No se puede, con educación y con respeto, decir lo que todos podemos perder y las escasas ganancias que vamos a obtener? ¿No es bueno y democrático que el que le dé a su voto un sentido u otro posea el máximo de información sobre las alternativas que ha de elegir?

Y vamos con el futuro. Supongamos que hay referéndum. ¿Con qué porcentaje de participación se va a validar? ¿Qué proporción de síes a la independencia se va a exigir? ¿Se dice definitivamente adiós al modelo de democracia consociativa para pasar a la mayoritaria, en la que se pueden laminar de una forma completamente legal a todas las minorías? Y si hubiera provincias -o provincia- en las que ganara el no, ¿se quedarían en España? Pongámonos en que gane el no. ¿Cuántos años han de pasar para un nuevo referéndum? Porque no vayamos a ser tan democráticos que establezcamos unas reglas por las cuales se juega hasta que gane uno de los contendientes. Una vez hecho esto, se levanta la partida.

Más temas de futuro. Supongamos que gana el sí. ¿Nos pilla con un mínimo diseño de cómo se hacen las particiones? ¿Qué porcentaje de deuda va a asumir cada parte? O tal vez, como los hemos saqueado, el total de lo que debemos nos lo comemos nosotros. ¿Qué estatus tendrán los españoles y las empresas españolas allí? ¿Y las empresas catalanas y los catalanes aquí? ¿Cómo se reparten edificios, infraestructuras? ¿Cómo se parten cuerpos de funcionarios, policías, servicio diplomático? Ellos, los nacionalistas sí están trabajando todos estos aspectos. No se trata de que aquí actuemos como si la independencia fuera a ser mañana, pero sí de que contemos con los argumentos y con los datos que permitan contestar a sus planteamientos. ¿Alguien, de este lado, está haciendo algo?

Último tema de futuro. Ya tenemos a Cataluña independiente. ¿Se acaba ahí? Ellos hablan de los Países Catalanes. Como mínimo, el Rosellón y la Cerdaña franceses, y las Baleares y Valencia españoles. ¿Van a pretender expandirse por todos los territorios que tengan su lengua? ¿Se habrá pensado algo al respecto?

lunes, 24 de junio de 2013

¿Roba España a Cataluña?

Javier Santiago Vélez
liberalismoespanol.es
18/06/2013

 

Los círculos nacionalistas catalanes basan parte de sus argumentos independentistas en que España “roba” a Cataluña.
Para ello, argumentan que Cataluña aporta más de lo que recibe del Estado en cuestión de impuestos. Las CCAA no recaudan ni IRPF, ni IVA, ni IIEE, lo hace el Estado (a través de las AEAT) y lo reparte entre las Autonomías en función del porcentaje de aportación de cada una. No reparte el 100%, sino como mucho el 50% (IRPF e IVA) y el 58% (IIEE).
Para entenderlo mejor, usaré un Ejemplo. Cataluña en el año 2012, aportó al Estado algo más de 11.000 millones de euros a través de impuestos (más o menos un 20% del total). El Estado no devuelve esos 11.000 millones a Cataluña, sino el 50%, 5.500. El resto lo utiliza para confeccionar las partidas de los Presupuestos Generales del Estado (solidaridad interterritorial).
Visto hasta aquí, Cataluña sí se podía sentir “saqueada” por el resto de España. Los nacionalistas sólo cuentan esta parte del planteamiento, se les olvida, intencionadamente, lo que expondré a continuación. 
En primer lugar, a través de los Presupuestos Generales del Estado, Cataluña también recibe parte de lo aportado: infraestructuras, subvenciones emprendedores, becas, desempeño competencias estatales en suelo catalán…
En segundo lugar, se creó desde el Gobierno Central el Fondo de suficiencia (transferencias del Estado a las CCAA que sirven para minimizar la diferencia entre lo que se destina a las Autonomías de la recaudación de los impuestos y la necesidad de financiación reconocida). En 2012, Cataluña se llevo casi el 25% del fondo, unos 2.000 millones de euros.
Y en tercer lugar, Madrid y Cataluña, se aprovechan de que el 95% de las grandes empresas nacionales o extranjeras, tienen su domicilio fiscal allí. ¿Qué tiene que ver esto con la recaudación del IVA? ¿Por qué influye sobre el planteamiento de que España roba a Cataluña?
Si por ejemplo, un abulense compra en un supermercado Mercadona cava catalán Freixenet, sería lógico pensar que el IVA repercutido en esa compra, acabará siendo devuelto por el Estado a la Comunidad Autónoma de Castilla y León, pues me temo que no hay lógica, ya que ese IVA repercutido en la compra realizada por ese abulense antes mencionado, acabará indirectamente en las arcas de la Comunidad Valenciana (Mercadona tiene su sede fiscal allí) y en Cataluña (el cava catalán Freixenet tiene allí la suya). Castilla y León que es donde se realizó la compra, no recibirá ni un euro.
Con todo lo argumentado anteriormente, podemos volver a formular la pregunta, ¿Roba España a Cataluña? La respuesta es rotundamente no.
Por un lado, el 75% de lo recaudado en Cataluña (recaudación total año 2012, 11.000 millones), se devuelve directamente vía Fondo de Suficiencia (2000 millones) y devoluciones del Estado (5.500 millones). Sin mencionar la parte indirecta que le toca a Cataluña vía Presupuestos Generales del Estado. 
Por otro lado, el otro 25% restante, debería de servir para compensar el injusto reparto del IVA entre CCAA, ya que no se tiene en cuenta ni donde se genera el valor añadido del producto, ni donde se vende, sólo vale donde tiene la sede fiscal la empresa. Y es ahí, donde Madrid y Barcelona, especialmente, se favorecen de ser los dos mayores núcleos empresariales de España.

lunes, 10 de junio de 2013

El español es la segunda lengua del mundo por el número de personas que la tienen como lengua materna



El idioma español o castellano es una lengua romance del grupo ibérico. Es hablado principalmente en España, Hispanoamérica, una parte de Estados Unidos, Guinea Ecuatorial y la Isla de Pascua, en Polinesia. 

 Es la segunda lengua del mundo por el número de personas que la tienen como lengua materna, tras el chino mandarín con 420 millones de hablantes nativos, y lo hablan como primera y segunda lengua 466 millones, superando los 500 millones de personas si contamos a los que lo han aprendido como lengua extranjera, de modo que puede ser la tercera lengua del mundo por el total de hablantes tras el mandarín e inglés, con más de 20 millones de estudiantes, y la segunda en comunicación internacional tras el inglés. 

 El español posee la tercera mayor población alfabetizada del mundo (un 5,47% del total), es la tercera lengua más utilizada para la producción de información en los medios de comunicación, y la tercera lengua con más usuarios de Internet (182 millones, 8% del total). Es uno de los seis idiomas oficiales de la ONU. Es también idioma oficial en varias de las principales organizaciones político-económicas internacionales (UE, UA, OEA, OEI, TLCAN, Unasur, Caricom, ACP, y el Tratado Antártico, entre otras) y del ámbito deportivo (FIFA, COI, IAAF,etc.).

El español, como las otras lenguas romances, es una continuación moderna del latín hablado (denominado latín vulgar), desde el siglo III, que tras el desmembramiento del Imperio romano fue divergiendo de las otras variantes del latín que se hablaban en las distintas provincias del antiguo Imperio, dando lugar mediante una lenta evolución a las distintas lenguas romances. Debido a su propagación por América, el español es, con diferencia, la lengua romance que ha logrado mayor difusión.


El español o castellano es la lengua oficial de diecinueve países en América, además de España y Guinea Ecuatorial, y tiene un cierto grado de oficialidad en Estados Unidos, en Filipinas, y en el Sahara Occidental (país no reconocido internacionalmente), pero sus hablantes se distribuyen por los cinco continentes.

La mayoría de los hispanohablantes se encuentran en Hispanoamérica. Unos 375 millones de personas.

México es el país con el mayor número de hablantes (casi una cuarta parte del total de hispanohablantes del mundo), aunque no es la única lengua oficial del estado, ya que desde 2003 México reconoció como idiomas también a las lenguas indígenas. 

Estados Unidos es el segundo país con más hablantes en el mundo, donde hay un avance progresivo del bilingüismo, sobre todo en los estados de California, Nuevo México y Texas en los que existen programas oficiales bilingües de español para residentes hispanos.

FUENTE: Wikipedia.

Los 'trenes de la esperanza' de los emigrantes andaluces a Cataluña hace 50 años

El viaje a la tierra prometida podía tardar más de un día y a lo largo del viaje se hacían amistades y se sufrían las consecuencias de un servicio incómodo

09.05.10 - J. J. PÉREZ
ideal.es
Se estima que casi 850.000 andaluces vívían en Cataluña a principio de los años 80, es un dato clásico a la hora de hablar de la emigración. La mayoría emigraron durante la segunda mitad del siglo XX. El tren se convirtió en el vehículo que los trasladó hasta Cataluña. Muchas veces viajaron con el único equipaje de la ilusión por una vida mejor. Muchos vendieron lo poco que tenían para empezar una nueva vida. A otros los esperaban en el anden familiares que ya habían prosperado. Es el caso de José Cano, un joven natural de la localidad malagueña de Almargen.

Faltaban pocos minutos para que el reloj del andén de la estación de Bobadilla marcase las dos de la tarde, cuenta José, que tiene grabado en su memoria el momento de su partida. Un grupo de familiares y amigos se despedían de él. Eran momentos de impaciencia y de intranquilidad. La ilusión por iniciar una vida más próspera se confundía con el miedo a abrir una nueva etapa en su vida.

Los bultos -maletas, equipajes en cajas de cartón atadas con cuerdas...- se amontonaban junto a la escalerilla del vagón. Aquellas maletas de madera, o en su versión más económica de cartón, se convirtieron en el icono de la emigración durante la segunda mitad del siglo XX. «Pesaban como una condena», dice José. Aquellas maletas viajaban sobre las cabezas de los pasajeros en los andenes. Los más impacientes acercaban por las ventanillas el equipaje a sus familiares. En cada estación de sur a norte de la península se repetía la escena.

Como anticipo de aquella cita con la prosperidad, José llevaba en su bolsillo 2.000 pesetas que le había procurado su hermano. Aquella cantidad de dinero le permitiría dar sus primeros pasos en Barcelona antes de que encontrase un trabajo. En el bolsillo y junto a ellas José llevaba su pasaporte a la novísima tierra de Jauja, un billete de tren. 50 años después José no recuerda su precio, fue otra ayuda de su hermano y el importe del viaje no quedó grabado en su memoria.

El tren comenzó su marcha, era como un gran reptil recién alimentado que le costase ponerse en movimiento. Con pereza el ferrocarril comenzó a deslizarse sobre la tierra, su lento movimiento le permitía a José despedirse de los suyos.

Aquel tren recibía distintos nombres según el lugar al que apuntase la locomotora. Cuando salía de Andalucía y tras reunir los vagones procedentes de distintas procedencias se terminaba llamando 'El Sevillano', también fue 'El Malagueño' o 'El Granadino'. Cuando el tren miraba desde Cataluña a Andalucía en el viaje de regreso se conocía popularmente como 'El Catalán'. En realidad, nos aclaran desde Centro de Estudios Históricos del Ferrocarril Español no fue un único tren y el servicio sufrió numerosas modificaciones a lo largo de los años.

Aquel 24 de enero de 1958 José tenía 27 años, dejaba atrás toda su vida y una novia con la que llevaba 8 años de relaciones. Aquel tren andaba tan lento que si las promesa de una vida mejor no hubiese sido más fuerte que las dudas, José hubiese podido volver a saltar sobre el andén y olvidarse de aquel viaje a Barcelona.

La familia de José, que vivía en un cortijo, había preparado el viaje con antelación y preparó todo tipo de viandas. El equipaje era comida, las 2.000 pesetas del hermano y muy poca ropa, según recuerda. Los vagones olían a una mezcla de comida y a grasa del tren. Algunos pasajeros hacían el viaje sin asiento. Los más afortunados contaban con un banco corrido de madera que los más prevenidos ablandaban con un cojín o una almohada.

José no llegaría a Barcelona hasta las 9 de la noche del 25 de enero, un día y medio después. Habría tiempo de tejer sueños y temores a través de las conversaciones sobre las maravillas de su lugar de destino, de los éxitos de parientes más o menos cercanos que iniciaron la aventura años antes. Aquellos trenes fueron el nacimiento de muchas amistades, muchas de ellas tan efímeras como el propio viaje.

 
Terra ignota

Eran auténticos descubridores de un nuevo mundo. Barcelona era prácticamente una tierra desconocida, en la que muchas personas hablaban distinto y en la que la fama de tacaños perseguía a sus pobladores. Poco más se sabía de Barcelona y los catalanes. No obstante había un bálsamo para toda duda sobre el lugar al que se iba, dice José: «Barcelona es bona, si la bolsa sona». Era la conclusión final de toda conversación sobre lo mucho que se iba a ganar.

José viajaba tranquilo, pero no era el caso de algunos compañeros de vagón. José iba a ser recibido por un familiar en el andén de la Estación de Francia. A otros la proximidad a la estación se iba convirtiendo en angustia. Muchos de los ocupantes de aquellos trenes terminaban en manos de la Policía. Más de un día de viaje podía terminar en el Pabellón de las Misiones de Montjuic a la espera de que hubiese un contingente suficiente para llenar un tren de vuelta a casa.

 
Deportados

La razón de aquel retorno obligado fue la propia ley española. Una circular del Gobernador Civil de 1952 y una ordenanza municipal de 1956 obligaba a los recién llegados a demostrar una residencia y un trabajo. Aquellos que no podían justificarlo eran primero retenidos en el Pabellón de las Misiones de Montjuic y finalmente mandados de vuelta a su tierra. Entre 1950 y 1955 se estima que Barcelona deportó a más de 15.000 emigrantes en su propio país.

Las razones de esta norma que limitaba la movilidad podían ser variadas. El autor del libro 'El Ideal de Blas Infante en Cataluña', Paco García Duarte, apunta a un intento de impedir la sangría de mano de obra barata por parte de los terratenientes del sur de la península. Otras razones podían ser la de evitar el hacinamiento y los barrios de aluvión en las ciudades de destino.

El primer capítulo de esta obra recoge una circular del gobernador civil de Barcelona, Felipe Acedo Colunga, publicada el 6 de Octubre de 1952 en el Boletín Oficial de la Provincia de Barcelona y en la que se dan instrucciones para que «por los señores Alcaldes, Jefe superior de Policía de la provincia, Comandantes de puesto de la Guardia Civil y Comisarías locales existentes se impedirá en lo sucesivo la entrada y subsiguiente permanencia en sus respectivos términos municipales de aquellas personas que por no tener domicilio tuvieren que recurrir a la vivienda no autorizada -eufemismo utilizado para referirse a las barracas, apunta García Duarte- debiéndolos remitir a este Gobierno civil para su evacuación por el Servicio que se encuentra a este efecto establecido».

García Duarte recoge en un capítulo de su obra el testimonio de una bastetana, Quiteria Ruiz Martínez, que vivió esta experiencia en el año 1955. Su marido se encontraba en Callús (Barcelona) trabajando sin contrato. En la estación trató de recogerla un hermano de su marido, pero el parecido físico no fue suficiente, «aunque mi cuñado se parecía a mi marido, al pedirme el libro de familia se dieron cuenta que no era él y me llevaron a comisaría. Desde allí, cuando juntaron un grupo de gente, ya por la noche, nos llevaron a Montjuic», señala el testimonio recogido por García Duarte.

Quiteria y su marido fueron mandados de vuelta a su casa, sin embargo, perseveraron en el intento y, en este caso, a la segunda fue la vencida. Desde la estación de Chinchilla y una vez que les habían devuelto sus documentos, emprendieron nuevamente el regreso, cambiando la ruta y empleando 8 días en el trayecto.

Para evitar experiencias como la de Quiteria muchos se bajaban en estaciones cercanas a Barcelona y completaban el viaje a pie. Otros se tiraban del tren en marcha cuando se anunciaba su llegada a la estación. Según García Duarte, algunos maquinistas conocedores del tema aminoraban la marcha cuando se aproximaban a los puntos habituales.

 
Malas condiciones

La lejanía en el tiempo hace que se miren aquellos largos viajes con una sonrisa. Antonio Morante es natural de Guadahortuna y en 1964 emigró a Barcelona donde conoció a su mujer, Isabel. Juntos hicieron el camino de regreso al pueblo en más de una ocasión, en las esperadas vacaciones anuales, aunque pasaron seis años para el viaje de vuelta.

Manuel recuerda el precio de aquel billete que lo llevó hasta Barcelona por primera vez. «Eran 500 pesetas, lo que entonces eran casi 20 días de trabajo de un hombre en el campo», comenta. Tomó aquel tren en la estación de Alamedilla y recuerda haber visto como algunos pasajeros acercaban su equipaje en burros hasta la estación.

«Las condiciones eran horribles, el tren olía a comida, la piel se cubría de sudor negro y al baño no se podía entrar», dice Isabel. Se echan las manos a la cabeza cuando recuerdan aquellos viajes, «cuando la carbonilla se te metía en los ojos y echabas lágrimas negras», dice ella.

Manuel asegura que en alguna ocasión se encontraban pasajeros escondidos que no habían podido pagar el billete. «Eran los menos», dice, sin embargo, recuerda haber encontrado a un hombre escondido en el compartimento de las maletas. Los polizones pedían no ser delatados y se escondían entre el equipaje.

Isabel, nacida en Murcia y criada en Valencia, recuerda que la marcha del tren era tan lenta que a veces permitía a los viajeros saltar a coger naranjas y volver a subir al tren. Evidentemente era a la altura de la provincia de Valencia.

Mejores tiempos corrieron para Manuel Triviño. Diciembre de 1970 aprobó el ingreso en Telefónica. Tras tres meses de cursillo en Sevilla fue destinado a Cataluña y su primer viaje lo hizo en un tren desde la estación de Huéneja. «Aquello era como irse al extranjero», dice Manuel. Los viajes entre Andalucía y Cataluña no eran habituales. A veces se tardaba más de un año en volver. El vecino se convertía casi en mensajero. «Siempre venía bien ese paquete, era un mandao que se hacía con gusto por aquello del hoy por mi y mañana por ti».

Cuando la familia crecía también lo hacía el precio del billete de vuelta. «Había gente que venía de año en año y ya era mucho», dice Manolo. Había que pagar el billete de todos los miembros de la familia y aunque había descuentos para familias y para los menores, lo cierto es que los viajes de vacaciones se hacían un poco cuesta arriba para la economía familiar, asegura Triviño. El principal objetivo de muchos de aquellos emigrantes era el de ahorrar.

Pero aunque los tiempos de Manuel fueron mucho mejores para viajar en tren, en su memoria se guarda algún viaje casi mítico. Cuando nació su hijo en el año 1978 viajó hasta Sevilla con el recién nacido para que lo conociese el bisabuelo de la criatura. Aquel viaje casi improvisado lo hizo «con el cochecito del niño sobre la plataforma del tren y no me arrepiento, hice muy bien en ir porque dos meses después falleció mi abuelo».

 
Regresos

Los tiempos cambian que son una barbaridad. La mayoría de los usuarios de aquellos trenes soñaron con un coche que les permitiese volver a casa con más comodidad y, sobre todo, más frecuentemente. José Cano se compró un 600, no menos mítico que aquellos trenes y que en aquellos tiempos llegó a retar a un no menos mítico «Tiburón» en un viaje de regreso. Hoy prefiere el AVE para llegar a Madrid o Sevilla donde se encuentra parte de su familia.

Manuel Triviño, con destinos divididos entre Sevilla y Huéneja, también es usuario del AVE. «Si compras el billete con tiempo te puede salir muy ventajoso», dice. Aunque la principal virtud de este tren es el tiempo que invierte para para cubrir el trayecto entre Barcelona y Sevilla.

El avión es otra alternativa para los nuevos viajeros. Los precios de los vuelos pueden variar entre los 35 y 200 euros dependiendo de la antelación con la que se compren los billetes y del horario. Desde Granada parten al menos dos vuelos diarios de la compañías Vueling y, para asombro de aquellos viajeros, el viaje sólo dura una hora y cuerto.